jueves, 14 de abril de 2011

Lucas Bambozzi – o espaço entre NÓS e os OUTROS

El día de hoy se inauguró en el Laboratorio Arte Alameda la exposición titulada Lucas Bambozzio espaço entre NOS e os OUTROS— que reúne el trabajo realizado por el videoartista brasileño a lo largo de dos décadas. Las obras desarrolladas en distintas plataformas, desde el performance multimedia hasta el net art, buscan enfrentar al sujeto con la vida colectiva a través de un espacio común en el cual la intimidad y la colectividad convergen, de tal forma que invitan a la reflexión sobre las tensiones y dilemas entre lo público y lo privado.

De acuerdo con Christine Mello, curadora de la exhibición, el concepto curatorial de dilema y conflicto se revela desde el título mismo. La lengua natal del artista es el portugués y el del público mexicano es el español, entonces el primer espacio de enfrentamiento entre nosotros y los demás ocurre por una cuestión lingüística.

La exposición evoca la dimensión colectiva de la otredad, o bien de aquello que atraviesa una colectividad. Reúne un conjunto de veinte obras organizadas en tres núcleos: Arquitecturas posibles, Traspasos y Presencias insostenibles, así como una programación audiovisual y una propuesta de curaduría de proceso, con actividades tales como talleres, proyecciones comentadas, conferencias y un blog. Con la experiencia vivenciada en sus propuestas, se pretende expandir las fronteras entre el acabado y lo inacabado, el documental y la ficción, lo visible y lo sugerido, lo vivido y lo imaginado.

video

A finales de la década de 1990, Bambozzi, con sus prácticas artísticas pensadas para plataformas audiovisuales, especialmente aquellas que abarcan al video, el cine, las instalaciones, los performances y las intervenciones en el espacio público, se convirtió en uno de los exponentes más importantes del arte producido con lenguajes digitales y redes comunicacionales tales como Internet y medios móviles.

Si la sociedad tecnocientífica oculta estructuras de poder por medio de sus dispositivos, Bambozzi busca pequeños espacios de desvío desde los cuales se logra develar aquello que en estas situaciones permanece silenciado. Un claro ejemplo de dicha sentencia lo hallamos en el núcleo curatorial Traspasos, con instalaciones de net art como Meta4walls donde los usuarios navegan a través de un portal de servicios inciertos y sospechosos, cuando de pronto emergen a la vista mecanismos intrusivos usados en la red (cookies, spam, pop ups).

Lucas Bambozzi —o espaço entre nós e os outros— permanecerá abierta al público hasta el 12 de junio, de martes a domingo de 9:00 a 17:00 hrs.; además de las 12 obras instaladas en el laboratorio se incluyen 8 piezas en cine y video que se proyectarán únicamente los miércoles, por lo que el acceso se prolonga hasta las 22:00 hrs. Entrada libre para estudiantes, profesores y adultos mayores, $15.00 público general.

sábado, 2 de abril de 2011

Mad Men: Los publicistas también lloran

El exitoso recorrido de Mad Men, serie hasta la fecha galardonada con tres Globos de Oro y 9 premios Emmy, comenzó en el verano de 2007 a través del canal de cable estadounidense AMC. Matthew Weiner (Los Soprano), artífice del fenómeno televisivo que conquistó a la crítica especializada, pero sobre todo a miles de personas convertidas en legiones de fanáticos, logró articular una ficción de época respaldado por la producción —impecable— de Lionsgate Televisión.

La historia gira en torno a la vida diaria de los trabajadores de la agencia de publicidad Sterling Cooper, asociación que compite por la hegemonía en la avenida Madison de Nueva York, territorio hostil por excelencia. La pauta que marca el ritmo es la ambición y el ego de cada ejecutivo de la empresa por sobresalir ante los demás, sin importar las formas y los medios para conseguirlo. En particular, la atención se concentra en Don Drapper (Jon Hamm), director creativo encargado de dar forma y síntesis a las campañas a través de slogans. Arquetipo del éxito profesional: esposa, dos hijos, auto, casa y jardín, la fachada de bienestar aparente poco a poco se desmorona y resulta en la ironía trágica de un empleo que consiste en ofrecer felicidad a las personas a través de productos de consumo, al mismo tiempo que es incapaz de sostener la suya propia.


De tal forma, la rúbrica que anuncia el inicio de cada entrega es por demás premonitorio. Los créditos acompañados de una melodía que anuncia riesgo e inseguridad de pronto los confirma con la secuencia de un hombre en franco derrumbe; valores y costumbres propios del american way of life presencian, cual mudos testigos, la caída en picada de la figura masculina, víctima de la doble moral que irónicamente se empeña en matizar a través de la publicidad.

Cuando el espectador se dispone a presenciar cada episodio sucede que de inmediato es transportado, sin esfuerzo alguno, hasta los albores de la década de los sesenta del siglo XX. Lo que para algunos esto puede suponer la evocación de recuerdos memorables, para otros tantos significa el descubrimiento de un mundo completamente distinto, fantástico si se desea. La clave de dicha experiencia es una cuestión de relatividad: si el origen y evolución del ser humano acumula cerca de 7 millones de años, un suspiro en la historia del universo, ¿por qué un vistazo al pasado de apenas medio siglo nos resulta fascinante y tan lejano? Un punto de partida para comprenderlo es hallar en este lapso similitudes antes que diferencias. El común denominador en la supervivencia de la especie humana ha sido la competencia; el motor de nuestra evolución: el amor.

Precisamente, aquel talento de identificar valores comunes impulsó a Weiner hacia la acumulación favorable de audiencias masivas en vez de segmentos opositores, detractores que incluso lo tacharan de racista, machista y demás perjurios. Sin caer en el abismo de lo políticamente correcto, Mad Men aborda la sociedad norteamericana de frente, sin eufemismos que maquillen lo que en su momento fuera totalmente normal, cotidiano, y en la actualidad poco menos que motivo de vergüenza pública.


El punto de inflexión surge desde el primer capítulo (tal como debe ser), una vez que se plantea la tesis que articula la trama central de la historia, una sentencia dirigida al protagonista, cuyo peso dramático trasciende su condición de argumento: Rachel Menkel a Don Drapper: “Creo que no me di cuenta hasta este momento, pero ser hombre debe ser duro, también”.

Dicha condescendencia hacia el género masculino no tiene más efecto que el de equilibrar la condición hombre-mujer, elimina cualquier rastro de radicalismo y aterriza las interrelaciones en un plano donde la única certeza es la soledad de uno mismo ante los demás. Cada personaje cuenta con virtudes y defectos, situación que los coloca en una posición de áspera fragilidad, en absoluto distinta a la que se enfrentan las personas del siglo XXI. Al final, Mad Men deriva en un reflejo contemporáneo de nosotros mismos antes que en un cúmulo maltrecho de anécdotas vintage.

Para muestra vasta con mirar la contraparte. Peggy Olson (Elisabeth Moss), mujer con indiscutible talento marcha a contracorriente en medio de un mundo dominado por hombres, quizá más estúpidos que cualquiera. Por supuesto, tales cualidades no bastan si no van acompañadas de un vestido entallado y un prominente escote, sin embargo, Peggy se niega a seguir la ruta hacia el éxito con base en la complacencia y autocensura. Con altibajos y situaciones extremas, consigue enseguida en el papel de co-protagonista al lado de Don Drapper.


En una escena, síntoma de madurez plena, Bobbie Barret, una de las tantas amantes de Drapper, encamina a Peggy respecto a sus legítimas aspiraciones dentro de Sterling Cooper, y tajante le confirma: “Nunca vas a conseguir un lugar en la oficina hasta que empieces a tratar a Don como iguales. Y nadie va a decirte esto, pero no puedes ser un hombre. Ni siquiera lo intentes. Sé una mujer. Es una cuestión de gran alcance cuando se hace correctamente.” De nueva cuenta el argumento se distancia de radicalismos panfletarios, huye de las incómodas posiciones extremas para haya un punto de común acuerdo, ¿lo recuerdan?: similitudes antes que diferencias.

Con cuatro temporadas de 13 capítulos cada una y la quinta confirmada pero con probable retraso hasta 2012, Mad Men se ubica en la cúspide de la industria televisiva de Estados Unidos, misma que desde hace mucho tiempo ha superado la precariedad creativa de Hollywood. A principios del nuevo siglo nadie, en su sano juicio, habría apostado a la otrora caja idiota como el medio líder en cuanto a consumo de industria cultural; una década más tarde, todo mundo, desde directores, actores, guionistas y productores, ruegan por un espacio, tan mínimo que éste sea, con tal de formar parte del resurgimiento y consolidación de un espacio que muchos de visión corta habían enterrado desde hace mucho.

Texto de mi autoría publicado en el portal Monsters&Geeks, ¡no duden en visitarlo!