domingo, 23 de enero de 2011

ARITA de Shunji Iwai

A la primera década del siglo XXI se la ha catalogado como la consagración de las Redes Sociales. Justo el año pasado, el mundo fue sacudido por la primera gran guerra cibernética, de la mano de Julian Assange fundador del sitio Wikileaks, misma que acaparó la atención de la agenda política internacional, y que hasta la fecha, mantiene en vilo el destino de los involucrados en la filtración de cables confidenciales de las embajadas de Estados Unidos instauradas en casi todo el planeta. En el mismo tenor, aunque favorecido por una imagen más amigable de la revolución tecnológica que ha reconfigurado las sociedades humanas, Mark Zuckerberg con Facebook se perfila como la efigie empresarial del nuevo siglo. Elegido como la Persona del Año según la revista Time, la efervescencia del joven poseedor de una fortuna calculada en 6,900 millones de dólares, afianzará su posición en la cima una vez que los galardones de las industrias culturales norteamericanas cumplan con su encomienda de engalanar la cinta The Social Network, como la mejor película del año 2010, hecho que atestiguamos la noche del 16 de enero en los Globos de Oro y con posibilidades de repetirse el 27 de febrero en los Oscar 2011.

Si nos detenemos a reflexionar sobre la vorágine de acontecimientos que involucran la transformación hacia un mundo digital, debemos iniciar por preguntarnos ¿cuándo comenzó todo esto? No para abandonarnos al rechazo unánime de generaciones analógicas que se niegan rotundamente al cambio, (y que de hecho no se integrarán al nuevo paradigma) sino con la firme convicción de comprender que los discursos audiovisuales que las generaciones —previas a los nativos digitales— hemos consumido durante los 30 años recientes, otrora argumentos propios de la ciencia ficción, son nuestra realidad aquí y ahora.

Anime y tecnología: de Serial Experiments Lain a Summer Wars; del outsiding al trending topic

Para iniciar esta introspectiva reflexiva desde el caso particular del anime, he subrayado de forma totalmente arbitraria el lapso comprendido desde Serial Experiments Lain (Ryutaro Nakamura, 1998) hasta Summer Wars (Mamoru Hosoda, 2009). Dos casos emblemáticos en el desarrollo del medio que nos apasiona debido en gran medida a que afrontó como ningún otro formato audiovisual, a través de sus contenidos, esta revolución en principio silenciosa y que al día de hoy está en boca de todo mundo.


Sin embargo, esta fascinación occidental por la cultura visual contemporánea de Japón —neojaponismo—, no se limita a la animación, sino que abarca innumerables aspectos sociales, artísticos y culturales, entre los que destaca por supuesto la cinematografía. Es por ello que antes de arrancar con el objeto de análisis que tracé a partir del anime, abro un paréntesis a manera de prefacio con una pequeña joya sobre la cual profeso una particular admiración. Se trata, en efecto, del cortometraje ARITA escrito y dirigido Shunji Iwai, uno de los pocos directores que abordaron de manera temprana (mas no apresurada) los efectos que la incursión de la tecnología denominada Internet ocasionaría en los individuos y cómo transformaría su desarrollo social a partir de ella.

Es preciso identificar que este proceso de cambio y derrumbe de paradigma (La estructura de las revoluciones científicas, de Thomas Khun), ahora instaurado parcialmente en el éxito de las redes sociales, la dinámica de diálogo y retroalimentación de la web 2.0 y características del cyberpunk como hechos históricos reales, tuvo una raíz personal antes que colectiva. Iwai lo aclara a partir de las inquietudes de una niña que finalmente en su juventud temprana se procura una pausa en su vida para interrogarse en retrospectiva sobre sí misma: ¿Qué es ARITA? Pregunta que también nos conviene plantearnos, justo al inicio de la segunda década del nuevo siglo.


Descarga el cortometraje en el link de arriba, con subtítulos pegados al video. Ortografía, sintaxis y modismos corregidos por un servidor. Si alguien desea publicar el enlace en cualquier otra pagina es libre de hacerlo, siempre y cuando citen la fuente de origen.