Nunca es tarde para recomendar una lectura que concluí hace apenas dos semanas. Se trata, precisamente, de Kokoro, obra cumbre de Natsume Soseki (1867-1916), uno de los escritores más importantes de Japón. Fue a partir de los títulos literarios adaptados en el anime Aoi Bungaku (Literatura Azul), que decidí acudir a las fuentes originales que fungieron como inspiración para la serie, por cierto, una de las mejores de 2009 que incluí en mi ranking personal del año pasado.

El título de la novela, polisémico, se refiere al lugar hipotético por el que fluyen las ideas, el pensamiento y las emociones; es por ello que también resulta válido traducir kokoro como 'mente' o 'corazón'. No obstante, la esencia pura del significado, más allá de cualquier explicación escrita, se devela una vez que el lector recorre los párrafos finales y reflexiona acerca de la experiencia de vida que propone, con sobriedad y elegancia, el propio Soseki.
La historia se desarrolla durante la etapa final de la era Meiji (1867-1912), aquella donde Japón decidió abrir sus fronteras al desconocido, pero aventajado, occidente. El prominente futuro que la modernidad ofrecía, tuvo antes que sortear obstáculos cimentados en un sistema social fuertemente arraigado, en el que el derrumbe de las tradiciones representaba poco menos que la muerte y la deshonra. Es en esta encrucijada que el sentido de individuo cobra sentido y trascendencia por lo que se opone a la unidad del grupo en busca del bien común.

La novela se compone de tres capítulos: Sensei y yo, Mis padres y yo, y el Testamento de sensei, en los cuales 'Yo', un estudiante universitario, narra su vínculo con un personaje mayor que él a quien decide nombrarlo sensei: "Yo siempre le he llamado sensei. Por eso, aquí también escribiré sensei sin revelar su verdadero nombre. Y ello, no porque desee guardar el secreto de su identidad ante la sociedad, sino porque me resulta más natural. Cada vez que su recuerdo me viene, enseguida siento el deseo de decir sensei. Y ahora, al tomar la pluma, siento lo mismo…".
La figura de 'sensei' proyecta un pasado sombrío, envuelto por un halo de misterio, que de enfrentarlo ante la luz pública, explicaría el porqué de su retiro voluntario de la sociedad. Vive acompañado de su esposa y al amparo de una herencia que no les permite lujos, pero sí un grado de afortunado desahogo. El espolón con el que afrenta cualquier intento externo de quebrantar su círculo de soledad se describe a continuación: "Aquellos saludos tan secos y actitudes tan frías no eran en realidad expresiones de rechazo o disgusto para alejarme. Eran formas de advertirme que no merecía la pena acercarse a él porque era una persona sin ningún valor".

La compleja psicología que brinda identidad y autonomía a los personajes, refuerza la idea del individualismo, apuntado previamente. Con ello, además de una trama debidamente estructurada, Natsume Soseki inaugura el género de la novela moderna japonesa. Su importancia y trascendencia es tal, que sus textos adquieren el carácter de obligatorio en los programas básicos y profesionales del modelo educativo japonés.
Adaptación al anime
Después de aplaudir y valorar como se merece a la antología producida por el estudio Mad House, concentremos nuestra atención en Shigeyuki Miya, director, guionista y diseñador de personajes de la adaptación correspondiente a la obra de Soseki, que pese a su juventud y considerable experiencia, nos ha brindado un derroche destacado de talento creativo, incluso a la hora de añadir pasajes inéditos en el texto original.
La adaptación animada se limitó al Testamento de sensei, último capítulo de la novela en el que se describe a detalle el origen del autodesprecio por parte de sensei. Aparece el triángulo amoroso que protagonizó junto a K, amigo y colega en la universidad y Ojoosan (señorita), hija de la casera que le rentaba un cuarto de alojamiento.
La historia se dividió en dos capítulos, correspondientes al 7 y8 de la serie antológica. Pese a las restricciones que supone ajustarse al metraje disponible, apenas 44 minutos, la síntesis narrativa logró capturar la esencia de la obra original, objetivo central de cualquier adaptación. Al adoptar el punto de vista subjetivo como eje conductor, Shigeyuki Miya reflejó la intención de individualismo presente en la novela: ¡nada más personal e íntimo que la cámara subjetiva para capturar las ideas y emociones de los protagonistas!

El segundo acierto es la confrontación a partir de las versiones de cada uno de ellos. Sensei evoca una atmósfera veraniega, en el que prevalecen colores vivos, intensos, siempre acompañados de un azul radiante, contrastados en todo caso por los nubarrones grises. En cuanto a K, la situación se torna más visceral y melancólica. Domina la coloración parca que contagia un estado de ánimo tormentoso; lo único que ilumina la pantalla es el candor irradiado por Ojoosan, así como las consecuencias de sus intervenciones.
Pero Shigeyuki va todavía más allá, al incluir en la narración visual elementos simbólicos que exigen una observación minuciosa de ambos casos. La palabra Aoi, en caso de utilizarse para nombres propios puede significar, además de azul, malva o girasol. La flor que predomina en el capítulo 7 es la malva, violeta, aparece en distintos motivos ya sean naturales u ornamentales; en el episodio 8 es el girasol, amarillo, que se antepone a las malvas, esta vez marchitas. Por supuesto que las flores significan a Ojoosan en la mente y corazón de los protagonistas. De allí que al principio de la reseña catalogué al título de la novela como polisémica, y me alegra saber que Shigeyuki Miya también lo haya considerado.
Natsume Soseki, Kokoro, Madrid, Editorial Gredos, traducción de Carlos Rubio, 2003, 336 páginas.

El título de la novela, polisémico, se refiere al lugar hipotético por el que fluyen las ideas, el pensamiento y las emociones; es por ello que también resulta válido traducir kokoro como 'mente' o 'corazón'. No obstante, la esencia pura del significado, más allá de cualquier explicación escrita, se devela una vez que el lector recorre los párrafos finales y reflexiona acerca de la experiencia de vida que propone, con sobriedad y elegancia, el propio Soseki.
La historia se desarrolla durante la etapa final de la era Meiji (1867-1912), aquella donde Japón decidió abrir sus fronteras al desconocido, pero aventajado, occidente. El prominente futuro que la modernidad ofrecía, tuvo antes que sortear obstáculos cimentados en un sistema social fuertemente arraigado, en el que el derrumbe de las tradiciones representaba poco menos que la muerte y la deshonra. Es en esta encrucijada que el sentido de individuo cobra sentido y trascendencia por lo que se opone a la unidad del grupo en busca del bien común.

La novela se compone de tres capítulos: Sensei y yo, Mis padres y yo, y el Testamento de sensei, en los cuales 'Yo', un estudiante universitario, narra su vínculo con un personaje mayor que él a quien decide nombrarlo sensei: "Yo siempre le he llamado sensei. Por eso, aquí también escribiré sensei sin revelar su verdadero nombre. Y ello, no porque desee guardar el secreto de su identidad ante la sociedad, sino porque me resulta más natural. Cada vez que su recuerdo me viene, enseguida siento el deseo de decir sensei. Y ahora, al tomar la pluma, siento lo mismo…".
La figura de 'sensei' proyecta un pasado sombrío, envuelto por un halo de misterio, que de enfrentarlo ante la luz pública, explicaría el porqué de su retiro voluntario de la sociedad. Vive acompañado de su esposa y al amparo de una herencia que no les permite lujos, pero sí un grado de afortunado desahogo. El espolón con el que afrenta cualquier intento externo de quebrantar su círculo de soledad se describe a continuación: "Aquellos saludos tan secos y actitudes tan frías no eran en realidad expresiones de rechazo o disgusto para alejarme. Eran formas de advertirme que no merecía la pena acercarse a él porque era una persona sin ningún valor".

La compleja psicología que brinda identidad y autonomía a los personajes, refuerza la idea del individualismo, apuntado previamente. Con ello, además de una trama debidamente estructurada, Natsume Soseki inaugura el género de la novela moderna japonesa. Su importancia y trascendencia es tal, que sus textos adquieren el carácter de obligatorio en los programas básicos y profesionales del modelo educativo japonés.
Adaptación al anime
Después de aplaudir y valorar como se merece a la antología producida por el estudio Mad House, concentremos nuestra atención en Shigeyuki Miya, director, guionista y diseñador de personajes de la adaptación correspondiente a la obra de Soseki, que pese a su juventud y considerable experiencia, nos ha brindado un derroche destacado de talento creativo, incluso a la hora de añadir pasajes inéditos en el texto original.
La adaptación animada se limitó al Testamento de sensei, último capítulo de la novela en el que se describe a detalle el origen del autodesprecio por parte de sensei. Aparece el triángulo amoroso que protagonizó junto a K, amigo y colega en la universidad y Ojoosan (señorita), hija de la casera que le rentaba un cuarto de alojamiento.
La historia se dividió en dos capítulos, correspondientes al 7 y8 de la serie antológica. Pese a las restricciones que supone ajustarse al metraje disponible, apenas 44 minutos, la síntesis narrativa logró capturar la esencia de la obra original, objetivo central de cualquier adaptación. Al adoptar el punto de vista subjetivo como eje conductor, Shigeyuki Miya reflejó la intención de individualismo presente en la novela: ¡nada más personal e íntimo que la cámara subjetiva para capturar las ideas y emociones de los protagonistas!

El segundo acierto es la confrontación a partir de las versiones de cada uno de ellos. Sensei evoca una atmósfera veraniega, en el que prevalecen colores vivos, intensos, siempre acompañados de un azul radiante, contrastados en todo caso por los nubarrones grises. En cuanto a K, la situación se torna más visceral y melancólica. Domina la coloración parca que contagia un estado de ánimo tormentoso; lo único que ilumina la pantalla es el candor irradiado por Ojoosan, así como las consecuencias de sus intervenciones.
Pero Shigeyuki va todavía más allá, al incluir en la narración visual elementos simbólicos que exigen una observación minuciosa de ambos casos. La palabra Aoi, en caso de utilizarse para nombres propios puede significar, además de azul, malva o girasol. La flor que predomina en el capítulo 7 es la malva, violeta, aparece en distintos motivos ya sean naturales u ornamentales; en el episodio 8 es el girasol, amarillo, que se antepone a las malvas, esta vez marchitas. Por supuesto que las flores significan a Ojoosan en la mente y corazón de los protagonistas. De allí que al principio de la reseña catalogué al título de la novela como polisémica, y me alegra saber que Shigeyuki Miya también lo haya considerado.
Natsume Soseki, Kokoro, Madrid, Editorial Gredos, traducción de Carlos Rubio, 2003, 336 páginas.
Kokoro Natsume Soseki Aoi Bungaku Literatura Azul Gredos













